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viernes, 23 de abril de 2010

UN HOMBRE TRANQUILO

UN HOMBRE TRANQUILO.
Version 1

Abro los ojos. No se donde estoy. La cabeza me duele. Prácticamente le falta poco para estallar. Un dolor como un taladro atraviesa mi sien. No recuerdo nada. Noto como el frío suelo toca mi piel. Intento incorporarme. Pero al moverme me crujen todos los músculos. Intento recordar. Lo veo todo oscuro. Chasqueo la lengua Y me pregunto: “¿Qué es lo que he hecho?”Tengo la garganta seca. Es como una lija. Un regusto a agrio recorre mi garganta. Creo que ayer bebí algo más que agua. Tengo un mal presentimiento. Noto como las pulsaciones me van subiendo. Mi corazón rebota contra el suelo. Un sudor frío comienza a recorrer mi espalda.
Intento incorporarme, pero mi propio ímpetu me puede. He chocado contra la esquina de lo que parece un mueble. Me encuentro en territorio hostil. Un territorio que no conozco. Grito con fuerza desesperado y pruebo otra vez a levantarme. Pero tengo tal mareo por el golpe que caigo de nuevo fulminado. Me toco la cabeza y noto que la sangre fluye a borbotones. Respiro hondo y trato de tranquilizarme. El dolor del golpe parece haber apaciguado el resto de dolencias. La sangre sigue fluyendo y me comienza a llegar a la boca. Noto el sabor salado en mi lengua. Es una sensación extraña pero alivia mi boca reseca.
La penumbra no me deja ver. Pero entreveo que enfrente de mi hay una persiana. De sus rendijas sale una fina luz. Parece por lo menos que es de día. Me arrastro por el suelo. Me da miedo que al incorporarme vuelva a caer. Llego a la persiana. Me levanto apoyándome en una rugosa pared de gotéele que marca mis manos. Parece que esta vez mi cuerpo supera la ley de la gravedad. Hago un sobreesfuerzo y consigo tirar de la cuerda de la persiana. Un luz cegadora entra en por la ventana. Me cubro la cara, pero no soy capaz de ver nada. Doy la espalda a la ventana y mis ojos se van adecuando a la luminosidad. De repente veo que un reguero de sangre recorre la habitación. Un camino rojo intenso recorre un parqué marrón carcomido por el tiempo.
La estancia se me hace más y mas conocida, Un chispazo eléctrico llega a mi cerebro. Es la casa de mis suegros. En ese mismo instante me reflejo en un espejo y veo que toda mi ropa esta deshilachada. Mi camiseta es un mar de jirones. Manchas pegajosas y secas recorren mi pantalón y mi camisa. Mi aspecto es terrorífico. Algo he hecho y creo que no puede ser bueno. Las piernas me tiemblan. Abrumado por todo, estoy a punto de caer de nuevo. Pongo mi rodilla en tierra. Cubro mi cara con mi mano y un gruñido de desesperación sale de mi boca. Esto no puedo ser verdad. Vuelvo a levantar la cabeza e inspecciono de nuevo la habitación. Observo un desastre total. Los muebles están rotos. Las paredes estas rasgadas. Todo va a juego con los múltiples moratones que tengo en el cuerpo. En una esquina se vislumbra unos objetos brillantes. Me acerco y veo dos cuchillos de carnicero. Como el suelo tienen pegados restos de sangre seca. Me palpo, me toco el vientre y la espalda. No veo que tenga ninguna herida. Esa sangre no es mía. Yo no soy la victima. Suspiro por no ser el verdugo. Un sentimiento de culpa inunda mi mente.
Parece como si un cuerpo hubiera sido arrastrado por el suelo. El rastro termina y se detiene en la puerta. Me aproximo temeroso e intento abrir la puerta. Esta bloqueada. Intento abrirla pero soy incapaz. Doy un paso atrás y la golpeo con el hombro. Ha sido como chocar contra un muro. Mis huesos vuelven a crujir. Siempre he sido un poco enclenque. Cambio el golpe de hombro por una certera patada y la puerta se viene abajo. Veo como el reguero sigue por todo el pasillo. Lo recorro como si fuera un reo antes de la pena de muerte y llego hasta la cocina.
Asomo mi cabeza y me encuentro con la peor estampa que podría imaginar. Una sartén chisporretea vacía sobre un aceite negro como el carbón, e inunda la estancia de un humo negro y tétrico. Mi mujer yace tumbada en el suelo. Su cuerpo esta atravesado por miles de cuchilladas. La escena es dantesca. Trago saliva, me quedo petrificado y no se que hacer. Quiero gritar pero tengo las cuerdas vocales paralizadas. Me arrodillo le levanto la cabeza. Pongo la palma de mi mano sobre su pecho y noto amargamente que su corazón ha dejado de latir. Veo que sus ojos fijos sin vida me miran. Me estremezco. Suavemente cierro sus parpados y le doy un beso en la mejilla. Esta caliente todavía y lloro amargamente. Una fina lágrima corre mi mejilla. Me desespero, la aprieto con fuerza y las lágrimas recorren a borbotones mi cara. De nuevo el sabor salado llega a mis labios como el de la sangre en la caída. Grito desesperado una y otra vez. Las cosas no pueden ser tan complicadas. Me comienzo a hundir en una profunda depresión. Me quito los restos que quedan de mi camisa. La tiro al suelo. La pisoteo y saco toda la rabia contenida del momento. Pasados diez minutos mis ojos rojos ya no pueden llorar más y un tremendo escozor recorre mi cara.
La sensación de tristeza comienza a convertirse en pavor. Tengo todas las papeletas para ser el asesino. No he podido ser. Últimamente las cosas no nos iban bien. Ella pasaba mucho tiempo con Adrian su jefe. Muchas veces los celos me destrozaban por dentro. Pero mi confianza en ella me hacia superar los problemas. Eso si el camino hacia la reconciliación tenia muchas paradas en discusiones y suspiros en silencio. Nunca he sido violento. Soy un tipo tranquilo. Siempre que escuchaba una noticia de violencia de genero, me dirigía imaginariamente al agresor y espetaba en voz alta: “Disparate primero a ti y deja a tu mujer que viva su vida”. No llegaba a comprender como había llegado a esta situación. Los golpes físicos y mentales me estaban agotando. Mi cerebro no sabe como actuar. Mis fuerzas comienzan a flaquear. La culpa me asfixia. El pecho me aprieta como si tuviera un ataque al corazón. Caigo rendido junto al cuerpo de mi mujer. Me siento indefenso como una tortuga sin caparazon. Veo que mi vida se ha acabado para siempre. Los parpados me comienzan a pesar más y más hasta que caigo en un profundo sueño.

Me despierto. Hay un total silencio en la casa. Prácticamente no entra luz por las rendijas de mi persiana. Miro la hora esperando que todavía queden unas horas hasta que tenga que levantarme. Pero upppss…..empieza a sonar la radio. Mi despertador se ilumina y puedo ver que son las 7. Miro al techo y me desespero. Me da la sensación de haber dormido cinco minutos. Mi cuerpo parece querer hundirse en el colchón y esconderse de esta vida. Oigo la voz seca de un locutor dando las noticias del día. Parece que como a mí, la desgana se ha apoderado su espíritu.

Sus palabras me entran por los oídos, pero no llegan a ser procesadas por mi cerebro. Al final todo queda reducido a un murmullo inteligible que se pierde entre las 4 paredes de la habitación. Abro los ojos de forma dubitativa. Me desperezo con vagancia y finalmente me siento en el borde la cama. Me rasgo los ojos con las yemas de los dedos en un intento de que mi cuerpo empiece a despertarse. Insisto como si el hecho de intentar sacarme los ojos fuera la primera tarea del día. Me pongo a pensar y digo otro día igual con las mismas noticias deprimentes. Me tiro con fuerza de mis lacios pelos de la cabeza. Me miro la mano y veo que entre mis dedos se han quedado unos mechones castaños. Me retuerzo por dentro. Pienso en volver a meterme en la cama y que mis sabanas me protejan de esta vida que no me aporta nada. En la oscuridad de mi habitación un fogonazo golpea mi cerebro. Recuerdo la imagen de mi mujer que yace en el suelo desangrada. Me estremezco. Era verdad. No puede ser posible. Comienza a recorrerme un sudor frió por la espalda. Mi corazón se acelera. Parece que quiere salir de mi pecho. Comienzo a sudar. Más y más. Quiero morir. La angustia me apodera y el stress acelera por el carril central de mi vida. Un sentimiento de culpa recorre todo mi cuerpo. Pienso en mis hijos. No podré nunca volver a mirarles a la cara. Imagino como se clava sobre mi nuca la mirada de mi madre cuando voy camino de la cárcel. Veo la cara de desaprobación y vergüenza de mi padre, mi mentor, el que me enseño como actuar ante los problemas. Mi vida estalla en mil pedazos. Me quedo en blanco. Una gota recorre lentamente por mi frente y cae lentamente al suelo. Veo como cae a cámara lenta. Intento interceptarla entre mis manos. Pero se escurre entre mis dedos. Se me escapa y se deshace contra el suelo. Como mi vida. No oigo nada. Es como si me hubieran perforado los tímpanos. Oigo un pitido fino y constante.
De repente el silencio se corta, me parece oir un ruido en el baño. Se abre el grifo de la ducha. Oigo cantar una voz que me suena conocida. Es Marta. Un gran peso se desaparece de mi cuerpo. Esta viva. Todo ha sido un sueño. El sudor que antes hervía mi piel, me proporciona un grato calor. Me siento bien. Me siento feliz. Marta te cuidare. Nunca te haré daño. Entro en una dulce calma. El latido de mi corazón se ralentiza. Todo va a ir bien. Mi vida es un trasatlántico que camina a velocidad de crucero hacia la felicidad. De repente ese iceberg a la deriva se convierte en una total tranquilidad. Pienso en volver a meterme en la cama y que mis sabanas me protejan. Que no me vuelva a pasar nada malo.
Mi tranquilidad dura poco, el móvil de Marta vibra sobre la mesilla y oigo el tono de entrada de un sms. La curiosidad que mato al gato me acecha. Pienso, hoy he tenido suficientes sobresaltos, no seas masoca. No lo leas. Respeta su privacidad. Pero la tentación me puede. Cojo el móvil y pulso dos veces el botón central. El contenido del sms cae como un jarro de agua fría.
“Hola, Marta! Te espero en la habitación del hotel después de comer. Te necesito. Quiero verte de nuevo y siempre. Adrian”
Releo el mensaje, cada letra es una estaca que se clava directamente en mi corazón. Clavo mi mirada en la frase verte de nuevo. Me retuerzo. Mi cerebro es un carrusel de sensaciones. La ira se apodera de mí. Me incorporo. Reflexiono. Todo es incertidumbre es este momento. Siempre he sido un tipo tranquilo.







1 comentario:

  1. ¡Muy bien escrito Alberto!. ¡Mierda de celos y sentimiento posesivo!.

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