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jueves, 31 de enero de 2013

DESCUBRIENDO A JESUS





50 años de clausura. Clausuradas en vida. Maria, Marta, Carmen y Asunción. Emociones clausuradas. Emociones nunca vividas. Emociones por vivir.
 50 años juntas. Juntas en el desconocimiento. Juntas en la ignorancia. Juntas hemos vivido, juntas  vivimos y juntas moriremos. 
 solución.  Buscando esa  luz blanca al final del túnel que nos hiciera unirnos a él.
50 años encerradas entre estas 4 paredes. Nuestra oscura habitación como única compañera.  Esperando nuestro gran momento que no llegaba. Esperanzadas en que tanto sufrimiento culminara en un  final feliz.
50 años de voto de pobreza.  Pobreza material. Riqueza espiritual. Pobreza emocional. Riqueza de amor no correspondido. Maldita riqueza.  Nuestro final no parecía que iba a cambiar más allá de nuestra rutina diaria.
 50 años orando a Jesús. Esa cruz sobre nuestras camas como única decoración. Esa cruz pesada sobre nuestras espaldas que no nos dejaba caminar más allá de los pasillos del convento
50 años. El camino estaba escrito y no habíamos podido decidir nada. Nada nos retenía en aquel lugar, pero nada nos motivaba a saltar ese muro de contención y rigidez. Nada nos imponía abandonar aquel lugar, pero un semáforo en rojo vital nos hacia mantenernos inmóviles, impávidas, con un rictus serio ante la vida. Y lo más triste es que a ninguna nos parecía mal aquello que vivíamos. Toda muestra de alegría era reprimida por nuestra madre superiora. Aquel cruce de manos bajo la mesa. Aquellas caricias en la mejilla. Esa carcajada a destiempo. Toda muestra de color era neutralizada. Todo aquello que rompiera la uniformidad gris de nuestras vidas era devorada por la censura de este “dios” en el que creíamos.
 Pero algo sucedió en nuestras vidas. Jose nuestro jardinero y único hombre que habíamos visto en nuestros 50 años de  vida murió súbitamente mientras cortaba el césped del jardín.
Nunca imaginamos que tan triste suceso traería tantos cambios a nuestra vida. Apareció la figura que nos haría cambiar el camino de baldosas amarillas en el que estábamos inmersas. Jesus. Si nuestro Jesus al que tanto habíamos rezado se hizo hombre y vino a visitarnos para cortar el césped todas las semanas. No era Jesús de Nazaret. No nació por iluminación divina. Era Jesus el hijo de Jose como el de la biblia, pero este José no era carpintero. Era el hijo de nuestro difunto jardinero. Para nosotras era caladito al Jesús, con sus sandalias, con su mono, con su barba y con su amabilidad y cercanía. Este Jesus fumaba, soltaba tacos y despotricaba de este mundo en el que vivíamos, pero nuestro cerebro deformaba la realidad perfilando las aristas de este Jesús, escondiendo sus defectos, ensalzando sus virtudes y cada dia íbamos moldeando en nuestra cabeza un personaje idílico que siempre habíamos soñado conocer y que parecía que nunca iba a llegar.


El primer dia que apareció en el convento vimos que aquella relación no iba a ser normal. Aquel chico aterrizo como un elefante en una cacharrería. ¡Hola Hermanas, soy Jesús el hijo de José! ¿Donde estas esos ángeles a los  que hay que podar las alas?,  fue lo primero que soltó aquel socarrón personaje acompañado de una sonora carcajada.
 Fue saludando a cada una de las monjas del convento con la que se encontraba. Un apretón de manos. Soy Jesús el hijo de José. Todo seguido de dos besos y un fuerte abrazo. Todas nos quedábamos estupefactas, diciendo, ¿esto que es? Acostumbradas a José ese hombre parco en palabras, con el que nunca hablábamos y al cual veíamos en la distancia, aquello nos pareció toda una revolución. El me abrazo y note esa mezcla de olor a sudor masculino y tabaco que se quedo en mi mente todo el dia.
Nuestra relación con Jesús pasó por 3 fases.
La primera fase fue la de “Que cosas dice Jesús”. Jesús nunca callaba. Los momentos en silencio eran incómodos. Todo tenía que ser rellenado por palabras. Jesús no tenía secretos. Jesús era una puerta abierta por las que las palabras salían a borbotones. Jesús lo contaba todo. La palabra de Jesús llegaba a todos los sitios.
-“Hermana, pues ayer salí y ligue. Esta mañana me he levantado acompañado. La tiene que conocer hermana”
-Que cosas dices Jesús.
- “Hermana hay que movilizarse, hay que acabar con este mundo dominado por los bancos. ¿Dónde tiene los ahorros hermana?
- Ay Jesús, nosotros no necesitamos dinero.
-Le tengo que contar una cosa hermana, ayer en un sueño le vi a usted y no llevaba ese traje tan recatado.
- Ay Jesús, como te oiga la madre superiora.
- “¡Hermana, ayer fuimos a una manifestación y tiramos piedras a la policía! Eran ellos los que nos provocaron  se lo juro. Yo soy pacifista, hermana. “
-Jesús ten cuidado
 La segunda fase fue la de “No me lo puedo creer”. Tras la etapa en la que Jesús era el que hablaba, el que contaba, el que monopolizaba la conversación. Llego el momento de preguntar. Preguntas nunca realizadas. Preguntas nunca imaginadas.
-¿Qué no has visto nunca el mar, hermana? No me lo puedo creer.
- ¿Qué no sabéis lo que es internet? Pero como vivís sin google hermana.
-¿Qué  nunca ha estado con un hombre? ¿Pero esto que es hermana? Usted es de piedra. ¿Tienen duchas frías en el convento o qué?
- ¿Qué nunca ha comido por comer? ¿Comprar por gusto? ¿Derrochar sin sentido? Con ustedes el corte ingles se hunde hermana.
- ¿Qué nunca ha bailado una canción a todo volumen? No me lo puedo creer hermana.

Tras la fase de conocimiento mutuo, llego la última fase y decisiva en esta historia. La tercera fase. La de “Esto tenemos que solucionarlo”.
-          ¿Qué la madre superiora castiga a la que le lleva contraria? Esto es una dictadura
-           ¿Qué no podéis tener ni tele ni radio en vuestros cuartos? Pero esto que es.
-          ¿Qué no podéis leer novelas románticas? Pero esta madre superiora que se piensa. Voy a ir hablar con ella.
-          ¿Qué no podéis recibir visitas de vuestros familiares? En la cárcel se vive mejor hermanas.
-          ¿Qué no podéis salir del convento? ¿Y vosotras que opináis? Esto tiene que cambiar.

Nunca nadie nos hizo reflexionar de esa manera. Nunca nadie nos animo a romper las reglas. Nunca nadie nos dijo que nuestros sueños se podían hacer realidad. Pero eso cambio cuando conocimos a Jesús. La bola se fue haciendo más y más grande y comenzó a descender sin frenos por un desfiladero que solo nos encaminaba a un final: la huida de aquel maldito convento. Jesús lo ideo todo. Aquella noche  Marta se encargaba de la cena y súbitamente por gloria de Jesús deposito un fuerte tranquilizante en la cena de la madre superiora. Carmen se encargo de acompañar a aquella desconcertada anciana a la cama. Asunción se encargo de sustraer las llaves del viejo mercedes que el obispado guardaba inmóvil en las cocheras del convento. Y yo María. Casualidades de la vida. María. Como la madre de Jesús. Le abrí la puerta del convento. A las doce horas exactas oí como Jesús golpeaba con sus nudillos el portón de entrada. Yo temerosa  abrí la puerta y respire profundamente al recibir ese olor a tabaco que desprendía Jesús. Nuestro Jesús había llegado.
Hemos parado en una gasolinera a 150 km de nuestro punto de partida. Todas las demás están con Jesus. Pero yo me he quedado fuera. Necesito respirar. Ver desde fuera el milagro. Reflexionar si estamos siguiendo a ese hijo de dios verdadero al que tanto hemos rezado. Un sudor frio me recorre la espalda y presiento que algo no hemos hecho bien. Miro al cielo, cierro los ojos y antes de entrar en la cafetería de la gasolinera me santiguo en busca de una señal que me diga que vamos por el bien camino.  Veo a las 3 hermanas en un rincón, sentadas en una  vieja mesa  de madera con unas sillas de eskay a juego. Jesus preside la mesa y las hermanas no paran de reír a cada frase que sale de de su boca. Me escondo el crucifijo que llevo en el cuello, sonrió y digo incorporándome a la conversación.

-“Jesus, que suerte que te hemos encontrado”






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