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martes, 12 de noviembre de 2013

Viacrucis Vital por Lavapies




María Koppman Gutiérrez. 28 años. Madre Argentina. Padre Alemán.  Emigre en busca de nuevas posibilidades. Un corralito asfixiante no nos dejaba respirar. El pájaro necesitaba salir del nido y voló,  pero se dio de frente con un bonito cristal llamado realidad. Hace cinco años llegue como turista ocasional con ilusión y ganas de comerme el mundo. Pero el mundo poco a poco se hizo más grande y yo mas chiquita. La turista ocasional se convirtió en inmigrante ilegal en busca de papeles. Las ocasiones no llegaban y la ocasionalidad se convirtió en una losa de perpetuidad. Pasado un tiempo me hice invisible para terminar siendo trasparente a este mundo. Ni existo. Ni se me espera. Siempre fui cabezona y guerrera. Y tengo que decir en mi contra que un poco dispersa. Pase por todas las secciones, subsecciones, divisiones y escisiones de la izquierda. Socialista. Marxista. Comunista. Leninista Trotskista. Ecologista radical. Toda escisión de la escisión del grupo al que había pertenecido era mi destino. Todo se podía debatir, de todos se podía hablar, discutir hasta perder el aliento. Siempre hacia delante. Siempre intentando cambiarlo todo. Siempre luchando por cambiar. Cambias de país pensando que todo va a ir mejor. Pero  te encuentras que hay un muro con una pintada que pone “Ley de Extranjería”. Intestas saltarlo. Intentas rodearlo. Pero siempre te falta un último impulso. Y  la oportunidad de ser feliz no llega. No pido la felicidad. Solo pido una oportunidad. Esta vida ha arrugado mi personalidad. Ha pasado por encima. Ha acabado con mi natural  arrogancia y la ha convertido en una artificial obediencia. Me han cortado las alas. No quiero ser siempre una superviviente. No quiero vivir en un estado de constante emergencia. No quiero sobrevivir. Solo quiero intentar vivir.

Calle Salitre. Veo el cartel desde el portal de mi casa. Una última mirada al espejo. Botas troteras marrones, minifalda vaquera, un pañuelo al cuello y una cazadora sobada de cuero marron a juego con las botas. Abulto poco. Un sesenta raspado. Eso si contamos mi flequillo que apunta al cielo. Unas profundas ojeras no dejan ver con facilidad mis ojos azules. Suspiro por dormir unas horas más. Me paso la mano por la cabeza. Rozo mi pelo rubio recien cortado al uno y me recoloco el flequillo. Toco con mi dedo indice los dos  pendientes de aro que cuelgan de mis orejas. Chasqueo la lengua y me digo: “Lista!”.
Calle Salitre de frente. Giro a la derecha. Calle De la Fe. Giro otra vez  a la derecha y llego a la Plaza de Lavapiés. Marroquíes, amas de casas, hippies, gente trajeada, estudiantes, negros, gente normal y gente no tan normal conviven sin problemas y viven con muchos problemas. Un chico de color sentado en un taburete me ofrece un gramo de cocaína a 40 euros. Habré pasado por allí más de 30 veces este mes y siempre me dice lo mismo. Creo que es un autómata. Así es Lavapiés junto a un kebab, te encuentras la mejor librería, junto a la mercería de los años 50, te encuentras el restaurante de plato cuadrado más moderno, junto a la frutería regentada por chinos esta la UNED. Barrio en tránsito. Lo que antes era un barrio de la inmigración, ahora se camufla de modernismo, “buenrollo” y le llaman barrio multicultural. Barrió en construcción constante. Construcción constaste de historias.

Cruzo la esquina y veo mi pintada. Fue lo primero que vi al llegar a este barrio. “Escribir es darle caza, escribiendo, a una idea siempre fugitiva”. Escribir un futuro incierto. Un futuro fugitivo que se te escapa de los dedos. Escribir algo al fin y al cabo. Dejar tu huella. Aunque te hayan amputado dos dedos de tu mano y tu huella quede mutilada. Hay que dejar la firma. Como decía Dante en Martin H: “Hay que vivir la vida, aunque sea solo por la curiosidad de lo que te va a pasar”. Mi máster en Periodismo en esta ciudad no sirve para nada. Olvide escribir o tal vez me obligaron a olvidar como escribía. Cambie la pluma por un trapo. Limpio y recojo mesas en un restaurante. Sin contrato y cobrando en negro. Deseando ser un numero en la seguridad social y con ganas de dejar el lado oscuro. Cruzo la Calle Ave María y llego a mi destino Calle Magdalena.

Todos los días el mismo vía crucis vital por Lavapiés. Salitre. Sal en mis heridas era lo que me echaba cada mañana. Masoquismo inmigrante en mis venas. De la Fe. Algo que siempre me había faltado. "¿Fe en qué?": me preguntaba cada dia. Ave María. Esa mujer pájaro argentina que había emigrado en busca de tierras cálidas y que no encontraba su nido. Esa era yo. Y finalmente Magdalena. María Magdalena. La pecadora. Esa era yo de nuevo. Todas las calles apuntaban a mi vida. Todos los focos de este barrio apuntaban a mi nombre. En la calle Magdalena estaba mi particular lugar del pecado.

LA RECOBA.  Paradojas de la vida. Me voy de mi país para acabar trabajando en una pizzería argentina. Pizzería bohemia con la cocina abierta hasta las cuatro de la mañana y centro de reunión de golfos, bohemios, vividores y gente que simplemente pasaba por allí.

Los ojos me brillaban al escuchar los tangos en directo. La piel se me erizaba al oír el acento de compatriotas. Pero con el paso del tiempo solo me provocaba indiferencia. Una se va haciendo inmune a sus recuerdos. Tal vez porque ya no me sentía argentina. Tal vez porque  tampoco me dejaban ser española. Con el paso del tiempo el recuerdo se convirtió en resquemor. Ni unos ni otros me lo habían puesto fácil. Los cabrones solo me ponían palos en el camino.


-       ¡Hola, María!, ¿como estas vos?- me dice con un marcado acento porteño, Marcos, el cocinero.
-       Tirando como siempre- le contesto rápido y sin mirarle a la cara voy a cambiarme.
-       Esos ojitos azules que no estén tristes- me replica.

-       …-dudo unos segundo, levanto la cabeza le miro a la cara y le sonrió. Una sonrisa triste. Tristeza sonreída.


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