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jueves, 5 de diciembre de 2013

Agarrate fuerte a mi Maria


Maria. Mirada perdida. Mallas. Botas altas y un jersey de lana de cuello alto que le llega a las rodillas. Tres semanas pensando cómo volver a hablar con Ricardo.  Tres minutos para que el metro llegue a la estación y un mensaje en la pantalla de su móvil pendiente de enviar.  El vagón pita al pasar a su lado. El aire levanta su flequillo. Cierra los ojos como si desearía caerse en las vías. Un hombre con un maletín golpea su hombro al intentar rodearla y Maria al abrir de nuevo los ojos ve en su pantalla: “Mensaje enviado”. Enviado por el destino. Maria sonríe con su mirada triste. Un niño que juega con su madre le señala con el dedo. Maria se pone roja y ve como las puertas del metro se cierran ante sus ojos. Una puerta se cierra, pero otra se abre.

Ricardo. Barba de tres dias. Pantalones vaqueros. Botas de cuero desgastadas con una cremallera lateral a media asta. Cascos en los oídos y el mp3 apagado. Tres semanas esperando noticias de Maria. Tres semanas vacías de música y contenido. Justo cuando está a punto de echar el sobre de azúcar sobre el primer café de la mañana, su móvil vibra y en su pantalla aparece: “Necesito hablar contigo”. Ojos brillantes. Ojos ilusionados. Ilusiones que brillan tanto que le deslumbran. Miedo a responder. Nunca fue un tipo valiente. Nunca quiso ser el protagonista de esta historia. Mentirse a uno mismo. Mentiras piadosas. Mentiras hermosas como camaleones que fingen el color de la verdad. Nervioso, buscando algo que distraiga esa marabunta que  retumba en su cabeza, comienza a remover el azúcar de su café a toda velocidad.

María siempre fue tímida. Su verborrea adolescente escondía una mujer introvertida a la que le costaba salir de su cascarón. El papel de chica loca siempre le había venido bien. Pero había comenzado a cansarse. Ricardo le permitía ser como era ella realmente. Muchas veces no aguantaba su parsimonia y su excesiva tranquilidad, pero al final de cada día  lo necesitaba como si fuera un oasis, un espejismo en este desierto de asfalto en el que vivía. Maria mira una vez el móvil. Lo guarda en su bolso. Tres segundos y Maria vuelve a mirar la pantalla. Nada. No hay respuesta. Otra parada de metro y sin noticias de Ricardo. Revisa el mensaje de nuevo. Ha llegado. Una rayita y dos rayitas. Maldito Double Check, que infelices nos has hecho. En un último instante desesperado vuelve a mirar y  cero absoluto de nuevo. Una señora que le observa detrás de un libro, levanta la mirada y le dice:

-“Chiquita, en el metro no hay cobertura...”

Maria se pone de nuevo muy roja y asiente con la cabeza como si ya lo sabría de toda la vida.

A Ricardo siempre le costaba arrancar. Era un viejo motor diesel, que hace mucho ruido, que tarda unos kilómetros en entrar en calor, pero que luego aguanta con lealtad todos los viajes que hagan falta. El hombre que siempre estaba ahí. Cuenta conmigo. El hombre tranquilo. Hoy sin embargo le temblaba el pulso y el corazón se le salía de la boca. Manejaba torpemente el móvil entre sus manos, los pensamientos se acumulaban a borbotones en su cerebro y era incapaz de teclear las palabras exactas que su corazón quería expresar. Nunca fue un tipo de frases redondas, de decir las cosas en su momento. Era de los que a la media hora tenía la respuesta perfecta delante del espejo, de los que  vivían la vida en diferido y recibían los golpes en directo. Su mensaje queda reducido  finalmente a  un: “YO también”, con el YO en mayúsculas como queriendo gritar en dos letras todo lo que sentía.

Maria sale de la boca del metro. Ricardo da el último sorbo al café. Maria recorre la calle sin pisar las líneas de las baldosas. Ricardo se atusa el pelo pensando que hoy no se ha peinado. Maria corre sin control y antes justo de llegar al número 29 de la calle, junto al café de su cita, apoya la espalda en la pared. Respira profundamente, mira al suelo y coge fuerzas como ese soldado que le mandan al frente. Ricardo disimula cuando ve entrar a Maria, mira hacia otro lado y justo cuando nota su presencia se gira:


-       ¡Hola! – Le dice Ricardo asustado sin poder levantarse de la silla
-       ¡Hola! – Le responde Maria mirándole a los ojos

Silencio. Un segundo, dos segundos, tres segundos. Ricardo paralizado no puede parar de mirar los ojos brillantes de Maria, hasta que suelta:


-       Siéntate, Maria

 Maria se quita su pañuelo, lo deja encima de una silla y  toma asiento. Pone primero las manos sobre el borde de la mesa y las desplaza hasta que se sitúan encima de las de Ricardo. Este se encoge y no acaba de entender esa muestra de cariño.

-       Ricardo, necesitaba hablar contigo. No me he portado bien. Pero todo tiene una razón y una causa
-      

Ricardo bloqueado asiente con la cabeza.

-       Ya te he contado muchas veces que mi madre murió cuando yo nací, lo recuerdas, ¿no?
-       Si
-       ¿Sabes cómo me llamaban en el colegio?
-       No- dice Ricardo, sin saber a dónde irá la conversación
-       Bambi
-       ¿Bambi?, no me jodas Maria, que niños más cabrones.
-       Nooo – Le corta Maria- Me gustaba, me lo decían con cariño. Eran mis amigos. Era un apodo cariñoso. No tenía ninguna malicia. Llámame Bambi no me importa.- Le dice Maria  intentando sonreír nerviosa.
-       ¿Bambi?
-       Si, así me llamaban.

-      

Silencio incomodo

-      

-       ¿Pero bueno me imagino esto no es lo que me querías contar, no?- le dice Ricardo con una mueca nerviosa

Maria se muerde las uñas y mira a la calle a través del gran ventanal del café.

-        Hay más. Últimamente no soy yo. Los problemas me ahogan.
-       Yo estoy aquí para lo que quieras.- le responde raudo Ricardo.
-       Ya lo sé. Pero hay algo más. Hay algo del pasado que está volviendo. Hay una cosa que tú no sabes…- le dice Maria, parándose unos segundos a respirar.

Ricardo se encoge en su silla y esta vez agarra de la mano a Maria.

-        Llevo unos dias horribles.  Es difícil de contar – le vuelve a decir Maria, al mismo tiempo que sus ojos están a punto de estallar.- Tengo un pasado y el pasado siempre vuelve. Me lleve en una maleta hace 5 años todo lo que tenía en argentina. Pero me deje algo. Algo que no sabe nadie. Algo que no he contado. Algo que escondo y algo en el que no puedo parar de pensar.

-       ¿El qué?-le dice nervioso Ricardo.

Silencio. Una respiracion. Silencio. Un suspiro. Silencio.

-       ¿El qué?- Repite Ricardo.

-       Un hijo. Un hijo que recuerdo cada dia. Un hijo que esta con mi abuela. Se llama Ricardo como tú. Me gustaste la primera vez que te vi solo por tu nombre.  Hay algo de mí que se quedo en Argentina y necesito que vuelva, pero la vida no me lo pone fácil. No quiero que crezca como crecí yo, sin una madre. No sé porque, pero solo lo he pagado contigo. Lo siento. Lo siento. Ricardo, lo siento…

Ricardo superado por el momento, piensa en abrazarla, en darle cariño físico, en estrujarla y decirle que no pasa nada, pero después de una tarde en la que niebla no dejaba ver el horizonte, comienza a hablar como lo solía  hacer solo delante del espejo.


-       Maria… – Ricardo traga saliva y chasquea la lengua para seguir con su discurso- Nunca es tarde para empezar de nuevo. Para quemar los barcos. Nunca es tarde para cortar la cuerda que no nos deja caminar. Nunca es tarde para dejar de ser una mujer que no pueda permitirse un pasado. Nunca es tarde. La vida no comienza cuando naces, sino cuando tú quieras empezar a recordar. Es nuestro momento. Yo te ayudo. Yo estoy contigo. No pasa nada, todo se va a solucionar. Todo lo vamos a solucionar.

Maria explota y sus lágrimas recorren sus mejillas sin que pueda dejar de mirar a Ricardo  fijamente a los ojos.

Y Ricardo le responde con la canción de sus domingos tristes, la canción melancólica que le hacía pensar en Maria. La canción secreta que escuchaba en su mp3 apagado.

-       “Agárrate fuerte a mí, Maria. Agárrate fuerte a mi”.









1 comentario:

  1. Hola Alberto: He leído las tres entradas de María en el orden adecuado, o sea desde la primera a la última. No había disfrutado de ellas porque en el aula se oye mal y además mis oídos no están para muchas florituras. te felicito, me ha gustado mucho. Tiene frescura, pasión. En algunos párrafos parece un poema, con reiteraciones y ritmo violento.
    Quiero leer tus otras entradas, pero voy a racionarme un poco, te seguiré haciendo comentarios en las entradas que lea.

    Julio

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