“La vida es un
sufrimiento y estamos aquí con el único objetivo
de unirnos a Jesus en una vida futura”
Esa frase se quedo clavada a fuego en mi memoria. Un señor con un alzacuello me la dijo
acariciándome la mejilla cuando salía del funeral de mis dos hermanos
pequeños. En mi vida me había sentido
tan indefensa y tan triste hasta ese
momento. Solo recordaba la cara de Sofía
cuando se despertaba de noche asustada por una pesadilla. “Tengo miedo”-me
decía. Yo le abrazaba fuerte hasta que casi dolía y le decía “Estoy aquí, no
pasa nada”. Soy yo la que tenía miedo
ahora. Solo recordaba a Alfonso el Bravucón. Ese niño dictador que quería todo
ya y ahora. Ese niño que quería comerse el mundo. Cuando se ponía muy pesado,
le hacia una llave, le inmovilizaba y no le soltaba hasta que le obligaba a
decir. “Alfonso es una niña mimada”. Juegos de hermanos. Fonso se resistía a
poner la rodilla en tierra y como
soldado que nunca se rinde, brazeaba, gritaba, gemía y se dejaba el alma por
conseguir la libertad. Toda mi tristeza se convirtió en rabia. Como esa persona
tiene derecho a decirme eso. Mis labios se llenaron de palabras gruesas.
-
“Con
Jesus estará su puta madre”- Le dije a ese cura- asustado dio un respingo y quiso darme un
cachete como castigo.
-
Adriana, por favor, pide perdón ahora mismo – me
dijo mi padre agarrándome del brazo
-
La culpa de todo la tienes tu- le respondí
soltando su brazo y echando a correr grite con todas mis fuerzas- ¡Tu eres el
que deberías estar muerto y no ellos!
No había destino. No había solución. La solución a mi
destino no sé donde estaba. Pero corrí
sin mirar atrás. Solo quería escapar. Escapar de aquel lugar para olvidar.
Olvidar ese lugar en el que nunca quise estar. Estar en otro lugar en el que el
aire no me asfixiara.
Corrí con mi traje de
domingo y solo quise buscar los brazos de la única persona que me comprendía. Sofía.
Mi confidente. Mi vida. Mi madre. Habitación 321. 3, 2,1 sorpresa y estas de nuevo conmigo. Ella no pudo
despedirse de Sofía y Alfonso. Llegue con el corazón latiendo a toda velocidad,
me acurruque sobre su cama y le dije que le echaba de menos, que por favor no
nos dejara. Que todo iba a salir bien. Que le esperábamos en casa, con la mesa
puesta, con el mantel de flores que tanto le gustaba. Comeríamos todos juntos y seriamos felices.
Seriamos lo felices que podríamos ser. Intentaríamos
ser felices. Felices incompletos. Completar los huecos de felicidad de los que
no habían dejado. En mi vida las lágrimas de mis ojos dolieron tanto al recorrer mis mejillas. Notaba como surcos de fuego recorrían mi cara,
y erosionaban más y más mi blanca piel.
No me moví de allí. Como perro que esta junto a su amo. No abandone a mi madre.
Mi padre no estaba lejos una planta más arriba, tampoco pudo
dormir aquella noche. Ni la siguiente, ni la siguiente. Y tal vez nunca más su
conciencia pudo dormir tranquila. Estaba con Alfredo. Su niño. Su preferido. El único hijo que le
quedaba.
Su único hijo, porque
aquella noche decidí que yo dejaba de ser hija suya. Nunca te perdone que no bajaras
a verme esa noche. No te quería ver, pero solo te tenía a ti. Nunca un abrazo
tan deseado nunca ocurrió. Unos escalones nos separaban y no tuviste valor de
atravesarlos.
Una pesadilla se repitió una y otra vez en mi cabeza esa
noche. Ese coche con mis 3 hermanos y mis padres. Maldito cumpleaños. Maldito
paso a nivel. Maldito Alfredo porque tuviste que nacer ese día. Maldito tren. ¿Por qué no estuve yo y no ellos?
¿Por qué estaba yo allí para verlo?
La relación con mi padre a partir de aquel día se convirtió
en una guerra fría constante. Misiles siempre preparados para ser lanzados.
Cualquier palabra, cualquier momento, cualquier causa era buena razón para una
atronadora guerra. Teléfono rojo siempre en línea para empezar la lucha. Guerra
sin cuartel. Guerra que solo acababa en lagrimas, ruidos y tristeza.
Guerra de hospitales. Batalla de médicos. Guerra de lucha
por vivir. Batalla por no llorar. Guerra por preguntar a los médicos. Batalla
por no decaer. Guerra y nunca Paz.
La primera batalla desencadeno una sonora derrota. Mi madre
cayó en el frente, pero yo no caí en el mismo error de visitar aquella iglesia.
Mi padre fue el único representante en la maldito recepción que le hizo ese
maldito Jesus. Yo me quede con Alfredo. Éramos
los mayores. Siempre éramos los responsables. Los que cuidábamos la casa cuando
nuestros padres no estaban. Hoy Alfredo voy a cuidar de ti.
Ese día Alfredo me dijo una frase desde su triste atalaya de
sabanas verdes, cables y olor a hospital. Adriana, yo solo quiero llegar a
cumplir 10 años. Maldita efeméride que nunca podremos celebrar igual de nuevo.
Destino macabro. Deseo de celebrar la vida. Obligación de recordar la muerte.
Deseo obligado de seguir adelante. Obligación no deseada de
recordar a los que se fueron. Una venda en los ojos para no ver que la vida sigue
o seguir con la vida quitándonos toda venda que nos impide ver.
Alfredo resistió con todas sus fuerzas. Segunda batalla y
segunda derrota en las trincheras. Golpe directo al corazón. Corazón que no
late por el dolor. Dolor que no deja de latir. Sus órganos se pararon. Su
cerebro siguió ahí, como un barco perdido en la niebla. 23 días conectados a
una maquina y por fin llego su día. 21 de Junio. Meta conseguida y solo nos queda un homenaje. Un homenaje a
tu tesón y tus fuerzas.
Cuando sus pulmones dejaron de respirar, la inmensa tristeza
me hizo envejecer súbitamente, el acné juvenil se convirtió en cicatrices imposibles
de cerrar, el tono rosado de mis mejillas se transformo en un tono blanco
enfermizo y las arrugas comenzaron a
surcar mi cara por ese dolor contenido. Era una niña hecha mayor a marchas
forzadas, inocencia rota por el dolor, dolor que no deja sentir. Sentimientos
resquebrajados por el rencor. Rencor que solo me hacía odiar.
Te odio papa. No te
quiero ver. No eres papa. No eres mi Padre. No eres padre Eres a secas Alfonso. No eres nada. Quiero borrarte
de mi vida. Quiero borrar quien soy. Reset. Punto y aparte. No te quiero ver.
No me llames. No me conoces. Ya no soy yo. Adriana Vélez Montalvo deja de
existir. Nosotros dejamos de existir para siempre. Somos tú y yo. Siempre
separados por un “y”.
Decidí exiliarme de
esta vida, presa política en casa de la abuela. Brazos cercanos. Caricias.
Calor. Vida normal para una niña. Solo recuerdo el día que me fui. Tu
imagen en la puerta de casa entreabierta. Tus ojos brillantes. Tu mirada al
suelo. Yo con mi maleta. Dude. Dar marcha atrás. Pero tú no hiciste nada para
evitarlo. Brazos caídos por el dolor.
Castillo de Naipes que se derrumba. Gota de agua que se resbala entre tus
manos.
Mis apellidos volaron, lo siento mama, pero necesitaba
saltar. Necesitaba huir, escapar y tal vez desaparecer. Actor sin pasado busca
otro futuro. Futuro te busco y no te encuentro. Pubertad habiendo vivido
demasiado. Demasiadas cicatrices en el cuerpo. Un cuerpo en crecimiento que
había vivido al límite de sus posibilidades.
Desde entonces las noticias de EL. Si EL solo EL. No se
merece llamar por su nombre. No tiene nombre para mí. No tiene hueco en mi
vida. Fueron pocas, a cuentagotas, por conocidos, por vecinos, pero nunca más nos volvimos a ver. ¿Cómo está tu padre?
Bien, lacónico, frio, sin explicaciones. Esa era mi respuesta
siempre. Un muro de Berlín separo mi vida y la suya.
Pasado un tiempo, el Bien, fui sustituido por un ¿Alfonso,
quien es Alfonso? Yo a esa persona no la conozco. Me miraban extrañada, pero la
costumbre y la insistencia hacen mella y al final la gente dejo de preguntarme.
Los recuerdos comenzaron a olvidarse. Olvido. Amnesia. Vidas borradas. No hay
opción de deshacer. No hay marcha atrás.
Quinta marcha y motores a toda máquina. Tirar por la borda todos los recuerdos.
Me llamo Adriana Iragua Manchón. En un
salvavidas abandonamos a ese polizón llamado
Alfonso y comenzamos a surcar aguas tranquilas. Velocidad crucero a 5 nudos y
la vida va depurando esa agua turbia y marejada que vamos atravesando. Los posos
se depositan en el fondo, el color marrón desaparece, las olas se convierten en
una mar tranquila. Saco la cabeza por la borda y por fin veo el fondo de mi
vida a través de una agua cristalina, trasparente y clara.
Los sentimientos escondidos son como un boomerang. Parece
que se alejan y ya no van a volver. Pero cuando menos te lo esperas vuelven. Un
tsunami exploto en este mar tranquilo de recuerdos en el que vivía y el agua se volvió marrón,
turbia de nuevo. Todas las piezas del puzle que tanto tiempo me había costado
montar volaron por los aires. Un
telegrama con un mensaje muy corto. “Alfonso ha muerto. Funeral 4 de Mayo en la Iglesia
del Salvador. Lo siento.”
No hubo lágrimas. No hubo despedida. No hubo nada. Cero
absoluto. Absoluto desprecio. Telegrama
a la basura. Vida normal. Vida doblemente normal. Vida anormalmente normal.
Única superviviente
de mi familia. Familia que no sobrevive a la vida. Vida que sigue sin la
familia. Familia que muere y empieza. No quise nunca mirar atrás. Mirar adelante
y avanzar. Pero algo fue muriendo en mi interior. La soledad y el recuerdo
nunca me permitieron ser feliz. Falsa felicidad. Felicidad en una falsa vida.
Vida de felicidad con falsos sentimientos. Nunca tuve pareja estable. Nunca fue
estable mi vida y nunca quise poner las bases para ello. Las heridas nunca
cicatrizaban y los recuerdos hacían que los puntos se abrieran de nuevo. Vida
yerma de sentimientos. Tierra que nunca dará una nueva cosecha. Cactus en un
desierto que sobrevive sin agua. Esa era yo. Un cactus olvidado en el desierto.
Un desierto de sentimientos. Mis púas y pinchos hacían que cualquier intento de
contacto vital escapara de aquel infierno. Infierno vivido en vida. Vida
infernal.
Hoy mí vía crucis por fin se ha acabado y a mis 70 años ha llegado mi día. No espero
juntarme con Jesus, nunca fui creyente y nunca quise creer, siempre fui una incrédula.
Pero hoy me gustaría volver a verte padre y solo querría decirte dos palabras:
LO SIENTO.