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miércoles, 22 de noviembre de 2017

V DE VICTORIA

Andrew Wyeth - “El mundo de Christina” (1948, témpera al huevo sobre tabla, 82 x 121 cm, MOMA, Nueva York)

V De VICTORIA

Hoy iba a ser un buen día. Volver a sonreír. El  ayer estaba olvidado. La tristeza miraba para otro lado. Esta mañana no caería de nuevo. Levantarse y volverse a levantar. Resbalar de felicidad. Anoche sentí de nuevo que todo iba a desparecer. Tropezar con tu sonrisa. La piedra no puede volver a caer en el charco cristalino. Trastabillarse en el alambre de la fortuna. Es el momento adecuado. Los abismos ya no me asustan. Las tormentas estas lejos. Solo escucho el susurro de la lluvia tumbada en mi habitación. Es la hora de los valientes. Es  el día de la victoria. V de Victoria.

Sudor y lágrimas. Vestido rosa ajustando a mi cintura. Las algas se nos enredan en los pies. El cinturón con falsos brillantes brillantes me aprieta el abdomen. Las algas mueren. Mi peinado con moño y alfileres de la tienda de ultramarinos. Las algas se pudren pegadas a nosotros. Mis zapatos de ante grises que compre en el mercado de la primavera. Algas que mueren al mismo tiempo que yo. Mis calcetines cortos con estrellas. Estrellas soñadoras. Un quiero y no puedo. Yo no respondo. Inmutable. Quieta. Inmóvil. Mis manos rojas ya no tienen replicas para  tanto dolor. La pulsera de cuero rojo me roza la muñeca. Suspiro. Resoplo. Grito. El anillo que me dejo Madre lanza reflejos rojizos que me recuerdan su mirada. Mi cerebro manda impulsos a mis brazos, pero estos me han dejado de querer.  Cada vez que intento moverme una punzada como un arpón me hace gritar de dolor. Las medias de verano se rasgan arrastradas por la maleza. Solo consigo dolor. Dolor impasible. Dolor sin solución. Muerta de cansancio, caigo derrotada y me desmayo.

Solo queda volver a respirar. Volver a vivir. El aire atraviesa mis pulmones como una daga y una luz se enciende en mi iris. He vuelto. Visibles y lejanas permanecen intactas las afueras. Estoy tan cerca y tan lejos. Tan fuera de mi que creo verme desde aquella nube quebradiza. Tan dentro de ti que nadie puede entrar en la cueva de mis negros nubarrones. Mi hogar esta ahí. Alargo mis huesudos brazos. Siento que  puedo tocarte. Que te puedo sentir. La vida esta a un paso. Un paso en falso que me hace caer.

Esa soy yo. Una naufraga en una tierra de malas hierbas. Hierbas que serán devoradas por los animales. Animales nocturnos que devoran mi cabeza. La velocidad crucero de nuestro barco adormece los sentimientos. Escaleras que no llevan a ningún sitio. Llaves que no cierran y que solo abren una prisión. Sabanas que llevan a calabozos blancos. Los triunfos que consisten en sumar dos derrotas. Mi abismo da vértigo. Mucho vértigo. Dos pasos hacia delante y tres hacia atrás. Como los cangrejos. No avanzo. La luz del túnel se ve más lejos. Todo permanece en el silencio de una canción antes de que la siguiente empiece a sonar. Se me encoge el  corazón, que cobarde él,  se intenta escapar de mi pecho. Algo en mi interior esta roto. Una herida interior que no para de emanar líquido de color rojo. Luces apagadas que no permiten ver en la oscuridad. Siempre de camino a nuestra casa cerca del cielo.


*Visibles y lejanas permanecen intactas las afueras.  Frase disparadora del relato sacada de un poema "Las Afueras" de Gil de Biedma.

2 comentarios:

  1. Te sigo. Tu relato con tu estilo desazonante y nervioso sigue siendo inconfundible. Gracias por seguir dándonos tus relatos. Este año estoy con las poetas. Tú amigo Julio.

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