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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Discurso Boda Txopo y Monica

Iker Fernandez Lopez Ruiz Lopez de Chazarreta. Alias Txopo. ¿Está presente? Esta frase la he escuchado durante todo mi vida en parvulitos, EGB y el instituto. Y Amante mío, como decía tu abuelo, me sigo acordando de los 4 apellidos.


Hoy creo que aparte de ser un día bastante especial para ti y para Mónica hay que recordar que es tu cumpleaños. 38 años y 35 años por lo menos a tu lado. Parece que soy tu ex novia despechada o la amante en la sombra. Zorionak Iker! Felicidades Iker! Como a partir de ahora tu cumpleaños va a pasar a ser algo secundario, creo que hoy habrá que celebrarlo con ganas. Como sino hubiera mañana. Carpe Diem. Tempus Fugit. Hay que celebrar tu último gran cumpleaños, soltero por la mañana y casado por la tarde, y el aniversario cero del comienzo de la mejor vida posible junto a Mónica.
Nuestra relación empezó  en la guardería. La primera vez que me preocupe por ti, yo tendría 4 años. Empezamos pronto con los dramas. Estaba jugando con la plastilina en mi mesa de la guardería y no llegabas a tu hora como todas las mañanas. De repente apareciste por la puerta con la cara totalmente hinchada. Te había dado una alergia por unas pinturas que habíamos usado el día anterior. Tras los primeros gestos de sorpresa, te sentaste a mi lado y te pase mi trozo de plastilina como si no hubiera pasado nada. Y desde entonces siempre ha sido así, pase lo que pase siempre hemos estado juntos, uno al lado del otro.


Entre la Calle Valderrey 49 de  MADRID y la calle Bulevar de Mariturri 40 de Vitoria hay exactamente 345 kilómetros y 3 horas y 17 minutos en coche. O por lo menos eso dice el GoogleMaps. Podíamos haber buscado 345 excusas baratas para dejar de hablarnos. Repetir 345 veces “Ya quedaremos”. Pensar 345 veces “Madrid/Vitoria está muy lejos”. Pero no lo hicimos. Ha pasado el tiempo y nuestra amistad no solo se ha mantenido, sino que ha mejorado, se ha modulado y los altavoces de la felicidad resuenan a todo volumen. Es vuestra casa y mi casa. Puertas abiertas para alegrías y sollozos. Para momentos buenos y malos. Para carcajadas y confidencias. Para reírse y para discutir. Para la vida misma sin tapujos. Pero eso sí, siempre nos mantendremos comunicados, conectados y abrazados, porque te recuerdo que solo son 345 kilómetros y 3 horas y 17 minutos. Solo eso. Espacio y tiempo.  Tiempo tenemos suficiente, más o menos lo que nos aguante el hígado y el espacio se hace más corto con el vagón cervecero del ALVIA. Solo nos falta para que el viaje sea perfecto que nos sirvan MAHOU en vez de esa pseudo cerveza llamada Cruzcampo.


Eres más que un amigo en la distancia. Eres:” EL AMIGO”. En mayúsculas y negrita. Pasará lo que pasara tu siempre has estado ahí. Pase lo que pase yo siempre estaré también. El amigo fiel. El amigo sincero que dice las cosas a la cara. El amigo que no está, pero que siempre se nota su calor. El amigo que no tiene miedo a nada. Siempre escapada hacia delante. Sin miedo al futuro. Sin miedo al puto miedo. El amigo experto y seguro,  al que siempre puedes preguntar tus malditas inseguridades y problemas. Siempre con una respuesta. Hay que ser feliz. La seguridad escenificada en una persona, aunque probablemente por debajo te tiemblen las piernas. Eres “La FURIA” con tu frase “Estoy muy loco” y en 5 minutos mutando a un oso de peluche pidiendo un abrazo. Caricias y golpes. Puños con guantes de seda. Boxeador que siempre quiso probar el ballet. Eres el prototipo de durezas sensible que con tus patillas imitas a tu ídolo Loquillo, eres una rock star y por ello te cantamos:


Has tenido suerte de llegarme a conocer 
creo que a nadie le gusta el nacer para perder abrirás una revista y me encontrarás a mí debo ser algo payaso pero eso me hace feliz.

vas a ser una Rock & Roll star


Uhu uhu, uhu nena,

vas a ser una Rock & Roll star

Uhu uhu, uhu nena,

vas a ser una Rock & Roll star

Uhu uhu, uhu nena,



Si os digo la verdad. Nunca pensé que vería el día en que Iker se casaría. Pero la carta que escribiste en Florencia hace dos años a Beatriz y Dante parece que dio resultado. Está claro que nada es imposible y con un poco de ayuda e insistencia SI SE PUEDE. Pero si es que encima de rock and roll star, guapo, buen amigo y  negociante, eres culto y todo… aunque no lo parezcas.   


Pero os tengo que contar un secreto, antes de que Iker estuviera con Mónica, él estaba siempre con otra rubia. Una rubia dorada. Con curvas. Siempre a punto. Con su vestido rojo. Con sus tatuajes hippies de estrella. Siempre que terminaba con ella, al día siguiente ella retornaba, volvía aparecer intacta, preparada y la rueda volvía a girar. Hoy para culminar este día perfecto, la he traído desde Vitoria. Será entonces cuando realmente serás feliz y te sentirás completo. Tu cerveza MAHOU. Nuestro azafato Iker os lo va a llevar y espero que repartas tus besos entre ella y Mónica. Bueno realmente he traído 2 una para Mónica y otro para Iker. Porque sé que a ti Mónica también te gusta y la disfrutas a pesar de tus celos. Un momento de atención para ver y sentir ese reencuentro y ese momento feliz con sus 2 rubias.


Me hubiera encantado el verano pasado ver desde una pequeña ventana, como el apuntador en el proscenio del teatro, como ponías el pie en tierra en el puente Vecchio en Florencia y escenificabas la pedida de mano con tu anillo de pedida en la mano derecha y tu botella de champan en la izquierda. Yo desde mi sitio privilegiado, me pondría en pie y gritaría desencajado:


Quiero quedarme a vivir en este instante. En el que la montaña rusa llega arriba Y no antes ni después. Juntos subiremos montañas. Juntos las bajaremos. Todos para uno y uno para todos.  Mónica e Iker. Iker y Mónica. ¡Felices para siempre! Un brindis por vosotros.  ¡Viva los novios!


martes, 12 de enero de 2016

Montaña rusa


Quiero quedarme a vivir en ese instante. En el que la montaña rusa llega arriba Y no antes ni después.

Cuando las botellas se abren fácil, los corchos chocan contra el techo y los vasos vacíos no existen. Cuando la música retumba y solo tu y yo nos escuchamos. Cuando los bares nunca cierran y nunca paramos de tener sed.

Cuando solo hay vasos vacíos y espero a que vuelvas. Cuando el silencio retumba y tú y yo hablamos sin escucharnos. Cuando la compañía aparta y la distancia es necesaria. Cuando nos repartimos los bares y en cada esquina hay un recuerdo tuyo.

Cuando cocino para ti durante horas. Esperando compañía con una botella descorchada. Cocina lenta a baja temperatura, que produce calor, sofocos y repeticiones. Brindamos y volvemos a brindar. Volamos sobre las sabanas y nuestros cuerpos sudorosos se deslizan sobre los muebles.

Cuando cocina para mí en unos minutos. Deseando compañía con una botella vacia. Cocina rápida, sin ganas, microondas como mi mejor amigo y frialdad cuando vuelvo a rozar tu mano. Bebo y vuelvo a beber viendo tu vaso vacío. Volamos a la cama como fantasmas y rozamos  sin querer nuestros pies entre las frías sabanas.

Cuando las caricias son costumbre Cuando todos los problemas tienen solución y la solución a todos los problemas las tenemo tú y yo. Cuando vivir rápido es nuestra forma de vida y correr hacia adelante como un pollo sin cabeza es nuestra determinación. Acelerar sin pensar.

Cuando la costumbre es no tener caricias. Cuando solo ves problemas y las causas de todos los problemas las tenemos tu o yo. Cuando retroceder como un cangrejo tal vez no es  la solución y esconder la cabeza sobre la tierra es tu única determinación. Pensar en frenar.

Cuando la vida es fácil, muy fácil, demasiado fácil. Cuando todo fluye y todo va bien. Cuando la tostada nunca cae por el lado de la mantequilla. Cuando no dudas el camino que hay que seguir. Cuando los semáforos siempre están en verde. Cuando el gato siempre tiene una vida mas.
Cuando siempre crees que te equivocas, cuando la decisión acertada siempre la rozas con los dedos, cuando solo dices porque elegí ese camino. Cuando te paras delante de un semáforo en rojo y nunca cambia de color. Cuando el gato pierde la última vida.

Cuando una sonrisa va seguida de una risa y después una carcajada. Cuando la luz del cine nos alumbra después de ver historias que ilusionan. Cuando vuelo por salir de trabajar, solo por verte llegar. Cuando las conversaciones son largas, infinitas sin fin y solo queda esperar el amanecer a tu lado.

Cuando unos ojos brillantes, le siguen una mirada al suelo y después solo hay lagrimas. Cuando 
corremos en la oscuridad del cine para que la letras no nos atrapen. Cuando busco una excusa en algo que trabajar por no notar que no llegas. Cuando las palabras son no, no se y bajo el puto silencio solo queda esperar la soledad de la luna.

Quiero quedarme a vivir en ese instante. En el que la montaña rusa llega arriba Y no antes ni después.

*La Frase de inicio y final del relato no es mia. Es de una cancion de la MODA. La Maravillosa Orquesta del alcohol.


viernes, 20 de noviembre de 2015

RIERON POR ENCIMA DE SUS POSIBILIDADES


No había solución las cuentas estaban a cero. La hipoteca sobre el crédito sobre el préstamo ,que les había perdonado el banco tres veces, ya no daba más de sí. No quedaban más puestos ficticios que crear. No quedaban más familiares que enchufar. No había más partido que refundar de la escisión de la unión de partidos de la que habían salido y fundado. No había ideología que se habría reformado, refundado y aniquilado para renacer de nuevo. La nueva política era: “Mañana pensare algo mejor a lo que decida hoy. Hoy planificare algo estupendo que mañana será una plan que cambiar”. No había calle que no habría sido reformada, levantada y rediseñada varias veces. No había club de alterne que su inspector de sanidad no habría visitado una, dos o tres veces incluso. No había cárceles que habrían podido parar a los concejales de urbanismo. Siempre surgían  nuevos actores para el vodevil del ladrillo. No había ley medioambiental que no se habría saltado para poder construir mas y mas alto, ni contrato amañado que no habría acordado con alguno de sus cuñados. El tres por ciento era una moda pasada. Los sobres habían dejado de estar en boga. Suiza ya no era su patria. No quedaba nada. Tierra yerma en la que no crecía nada. La vaca había sido exprimida. Solo quedaban los huesos. Estos huesos se habían triturado, pasado por la túrmix, mezclado con restos de aspirina y el camello de la esquina los estaba revendiendo como la nueva droga Premium que levantaba el país. Ya no inauguraban autopistas, ahora solo  quedaba cortar la cinta de mojones de carreteras comarcales. Hasta el rabo todo es toro. Marca de nación. Que su firma siempre quedara latente era causa y solución a todos los problemas. Todo olía a podrido. Ambiente nauseabundo y putrefacto. Todo lo que tocaban se volvía sucio. Estercolero en el que cada uno buscaba su agujero donde sobrevivir. Todo estaba perdido. Hasta el alguacil tercero que se encargaba de llevar los cafés había montado su negocio paralelo.  Servía cafes  irlandeses con whisky bajo manga al módico precio de tres euros. Se hacía de todo por beber para poder aguantar la vida del parlamento.

Entre toda esta fauna agazapado como una salamandra vive Carlos. Se despide de su chofer y baja de su coche de alta gama con lunas tintadas:

-      Mariano, quédate dando vueltas a la manzana, que salgo en 10 minutos.


Zapatos relucientes. Traje azul ceñido. Pelo grasiento engominado. Ojeras encubiertas por unas gafas Rayban que le restan unos cuantos años. Entra en el Bar Manolo dando un cachete en la mejilla a Kevin como el caudillo del lugar y le suelta un campechano:

 Ponme lo de siempre, majo, y no te cortes en el chupito.

Se dirige a su mesa reservada y aparece corriendo Kevin con el periódico debajo de la axila y un cortado.

-  Señor Carlos, aquí tiene su café.

Kevin se retira andando de espaldas y haciéndole un amago de reverencia.

Comienza por la última página del periódico y ve un titular. La sangre de Churchill a subasta.
Desde su atalaya reservada, le grita al dueño:

- Manolo, mira, subastan la sangre de Churchill. Te imaginas lo que pagarían por la sangre de mi jefe. -Sin esperar respuesta, suelta una sonora y brusca carcajada. 

   Manolo le devuelve un inteligible comentario asintiendo la cabeza desde el fondo de la barra.

      - Si, Manolo, si, siempre tienes  razón, si es lo que digo yo siempre hay que escuchar al pueblo- Le responde Carlos sin haber podido oír nada y continua con su rutina de la mañana

Reunión de partido. Edificio en el centro. Entrada acristalada con guardias de seguridad en la puerta y manifestación de jubilados estafados como banda sonora. Una secretaria con los labios pintados, y la falda ceñida recibe a Carlos y le coge el abrigo. Solo están diez personas de la cúpula, tres están en la cárcel, dos están huidos, uno de vacaciones y otro esta declarando su inocencia en los juzgados.

- Hay que buscar soluciones- Dice el portavoz con la voz nerviosa.

Tras unos cuantos repetidos, “No se…”, un par  “Podíamos hacer un auditorio…”,  cuatro “Podíamos apoyar más a la construcción….” y cinco “La culpa de todo la tiene la oposición”, todo el mundo fija su mirada en Carlos, el único que tenía una carrera.
Este se mesa los cabellos y apoya la pata de sus gafas en el labio en un claro gesto ensayado. Se tiene que notar su formación avanzada con  estudios en Harvard y su master en economía por Yale.

Se mantiene en silencio unos segundos y todos los demás parecen empujarle para que suelte ese secreto que mantiene en su interior. Es lo que hace un líder, mantener la ilusión antes de que este frágil castillo de naipes se venga abajo. Todo es un falso ensayo de superioridad aliñado con unas palabras que le enseñaron en el curso de oratoria de Cambridge. Vamos era un predestigitador que  hace mirar a la izquierda, luego a la derecha y en unos segundos ese conejo blanco aparece entre sus manos en forma de magistral master class de alquimista que convierte el agua en oro o tal vez en ladrillo.
Pero esta vez un leve rictus de nerviosismo en la cara de Carlos hace que el auditorio se encoja y el aplauso preparado se congela.

Carlos tiene la mente en blanco, el cerebro espeso y roído, y solo puede intentar mantenerse despierto después de una noche sin dormir con unos empresarios en una larga reunión en el Lolitas bar. No ve la luz al final del túnel y solo se le ocurre enlazar su discurso con unos comentarios superfluos y vacios acerca de la dificultad de la situación actual en la que vivimos.

Cuando una gota de sudor comienza a recorrer su frente, recuerda la frase de Churchill que había leído a la mañana con su carajillo matutino  y encadena un calcado discurso.

-“No tengo nada que ofrecer salvo sangre, esfuerzo, lagrimas y sudor”

Sus palabras resuenan en la lujosa sala de reuniones con asientos de cuero y mesa de cedro importada de Canadá.

Todo ellos se miran serios, asienten con la cabeza, se tocan la barbilla y algunos apuntan la frase en su bloc de notas que se apoya sobre un portapapeles de Christian Dior. Otros teclean el comentario en su Ipad de última generación. Tras unos segundos de silencio todos posan su mirada en el cuadro de Joaquín Sorolla que un constructor regalo al partido  y finalmente no pueden retener una sonora, común y estruendosa carcajada.


            

miércoles, 28 de octubre de 2015

FIN

PROLOGO

Ayer una señora con aspecto de tierna abuela apoyó su mano sobre mi hombro y me preguntó: "¿Estas triste? Siempre escribes cosas tristes" Yo  le respondí que no estaba triste, y le explique que lo que pasaba es que ella vivía en tal estado de máxima felicidad que nos veía a los demás en un falso estado de tristeza. La pregunta es verídica, pero la respuesta es ficción. En realidad no supe que decir, puse cara de sorprendido, solté un lacónico: "No" y fije la mirada en la pantalla de mi ordenador esbozando una mueca de sonrisa.

A continuación el relato que provoco el momento.


FIN



Trece días bajo la niebla fría de tu ausencia. La cremallera de mi abrigo no cierra. Agarrotado e incapaz de dar un paso adelante. Neutralizado por el recuerdo de tu sonrisa. La apatía me supera y la tristeza se adueña de mi cuerpo. Mente en blanco y vacío en el estomago. Parado ante el espejo me repito: “¿Como pudo suceder?".

El temor a la llegada de la palabra fin siempre acechaba detrás de cada tarde de domingo. Miraba triste como pasaban lentamente las horas, suplicando que no dijeras esas malditas palabras de despedida. Intentando siempre falsear una verdad incomoda. Sentimientos siempre bloqueados para evitar la llegada de las sombras. Perdidos en este mar de sentimientos. Aniquilados por ese pasado que siempre recordamos. Solo nos queda el recuerdo de lo que seremos. NADA.


EPILOGO

No estoy triste. Me gustan los dramas.




miércoles, 14 de octubre de 2015

Blitz. Como un Relampago

BLITZ. COMO UN RELAMPAGO.



“Que todo acabe mal es una condición inherente al hecho de estar vivo.”

Cierro el libro y lo dejo reposar sobre mi pecho. Como la piedra que cae sobre el agua cristalina, esas palabras emborronaron mi mente. Los nubarrones acechan y la presión en el pecho no me deja respirar. Miro al techo y fijo mi mirada en aquella escurridiza grieta que atravesaba mi habitación de izquierda a derecha. Parece una frontera. Esa frontera que nos separo. Maldita Marta. Todo me recuerda a ella. Todo me lleva a ella. Ella era todo lo que me movía. Me dejo inerte, como ese chapapote denso y pesado que se queda pegado a las rocas. Atado a aquella cama pasaba los dias en una vida al mínimo. Mínima potencia. Levitando como un fantasma al que le han quitado las ganas de asustar. Como ese funambulista vago al que no le dan miedos las alturas y se queda sentado sobre el alambre sin ganas de pasar al otro lado. En un limbo mental a la espera de que el barquero de las niñas bonitas me pasará a la otra orilla. En una rutina constante. Con las constantes vitales en total rutina.Ganas de escapar. Escapar y no llorar. Llorar y no parar de escapar.

Siempre perdido entre la inmensidad de mis sabanas. Y de repente entre la bruma de mis pensamientos como si de un faro se tratase, aparece una luz parpadeante  que proviene de mi móvil. Me incorporo, no sin antes soltar un quejicoso y lastimoso: “Ayyy” y veo en aquella pantalla un mensaje enviado por un contacto llamado “MartaTeOdio”. Así fue como la bautice en mi agenda de contactos a la innombrable, habiendo pasado antes por el nombre MartaVuelve, MartaTeAñoro, Nollamar, Nollamardenoche, Nolallamesporfavor y el que más me gustaba una largo y pronunciado NOOOOOOOOOOO.

La conocí de forma ocasional en un bar de música ochentera. El flirteo, paso a caricias y las caricias se convirtieron en un encuentro brutal en el asiento trasero de mi coche. Los tiempos de pasión desaforada de película X, pasaron a una comedia aburrida sin sexo de Jennifer Anniston y desemboco en un final de zombis sin cabeza a lo Walking Dead.
Las manos me sudan y una cierta sensación de inseguridad no me deja pensar con claridad. Tres meses sin saber nada de ella y de repente el cartero trae nuevas noticias. Mi corazón se acelera y noto una cierta perturbación que me ciega. Abro el mensaje:

-“Me tienes que devolver el libro de David Trueba que te deje”.

Ni un Hola. Ni un adiós. Ni un “¿Qué tal?”. Tono imperativo. Hay que hacer lo que dice ella. Como un relámpago me enervo. Tengo ganas de golpear las paredes. De gritar alto y fuerte. Me pongo en pie. Agarro entre mis manos el libro que me pide “la maldita” y declamo al viento:

-“Este libro es mío y no lo vas a ver nunca más”.

Me decías que no leía. Pues ahora leo. Y mucho. Me reprochabas que fuera cuadrado. Pues ahora improviso. Me echabas en cara  que no era capaz de discutir. Pues aquí estoy yo para plantarte cara.Me decías que no tenía carácter. Pues aquí viene el nuevo Don Draper capaz de convencer a quien se ponga por delante. Me decías que era aburrido. Pues te vas a enterar. Abro la ventana de mi habitación y comienzo a arrancar las hojas de su libro. Marta esto va por ti. Las hojas van cayendo lentamente desde mi séptimo piso. Marta espero que te guste. La piel se me eriza. Marta esta hoja te la dedico.  Marta te he olvidado. Marta no significas nada en mi vida. Marta no me gustas. Marta no vas a mandar sobre mí. Marta no eres nada. Martaaaaaaaaa……

Las hojas vuelan, la sangre me hierve, la voz ronca roza mis cuerdas vocales y me siento cada vez mejor y mejor….Dos vecinas aparecen curiosas en sus ventanas ante el inusual revuelo y miran con cara incrédula mi acto de rebelión Un centenar de hojas aterrizan sobre la acera como paracaidistas en una guerra sin cuartel. Noto que mis dedos ya no puedan arrancar más rabia y resentimiento y mis manos raspadas llegan al cartón que encuaderna el libro. Me asusto de la furia que llevo dentro y corro rápido de nuevo a mi mar de sabanas con las mejillas rojas y el corazón latiendo hasta el techo. Mi móvil de nuevo me llama con su luz brillante:

-“Hola, Nacho, ya he encontrado el libro. Perdona por las molestias. ¿Todo bien? Un abrazo.”


El relámpago toca tierra y a los pocos segundos un trueno ensordecedor retumba en mi cabeza.  La vida a la mínima potencia vuelve a su cauce y la bonita grieta en el techo es mi única distracción de nuevo.      

jueves, 27 de marzo de 2014

BLANCO Y NEGRO

Blanco y Negro



Con la mente en blanco y sin poder pensar. Mi cerebro se va a negro. Una hoja en blanco me mira y mis dedos son incapaces de moverse. Negros pensamientos. Incapaces de teclear. Incapaces de expresarse. Un oleo en blanco incapaz de ser manchado. Una lente defectuosa. Un rollo de película rayada. Un escritor frustrado. La radio habla de la muerte del poeta Felix Grande. No le conozco, pero su potente voz llama mi atención. Le preguntan si escribir es sufrir y  con su voz grave y sonora declama:
-“Es por lo menos haber sufrido. Se escribe sobre todo con el conocimiento del dolor. Se escribe desde el conflicto.”
Creo que hace tiempo que no vivo en un conflicto vital como el actual, pero mis pensamientos son huecos, mis ganas de escribir son nulas y el dolor no hace que aparezcan nuevas ideas. Negros nubarrones revolotean en mi cabeza y una pereza inútil me provoca una ceguera literaria que maniata mi imaginación. Mi personaje siempre muere en la primera página. La tinta se desliza por la hoja sin afianzarse, rápidamente se desmorona y un borrón mancha cada uno de los folios. Mi historia viaja siempre por caminos secundarios y cuando encuentro la entrada a la autopista siempre me topo con ese maldito peaje vital que no me deja pasar. Nunca llevo dinero en los bolsillos y  siempre vuelvo a la misma carretera perdida.
Mi cerebro no quiere arrancar. Pause pulsado y el botón de avance estropeado. Los cabezales de mi viejo video Beta chirrían intentando reproducir esa cinta que hay en el videoclub de mi cabeza. Los soldados de mi mente están agazapados en sus trincheras, esperando una nueva embestida, soldados hundidos, soldados que solo quiere volver a su casa, soldados que esperan pacientes un momento de calma para volver a vivir.
No hay nada, solo puro egocentrismo. Solo yo. Nada más. Nada que contar. Nada en blanco. Todo en negro. Cero absoluto. La mente en blanco.

Sigo escuchando esa voz potente en la radio y sus palabras se clavan como lanzas en mi pecho. Felix Grande de nuevo. “La poesía no es solo un género literario, creo que es un estado de gracia. La poesía viene cuando uno se lo merece, cuando uno está en disposición de coraje y de inocencia suficiente para que las palabras se queden a vivir contigo una temporada”
Me incorporo, abandono mi escritorio vacio de palabras y me miro al espejo. Pelo alborotado, mirada cansada, barba raída que sale sin fuerza y profundas ojeras marcan mi rostro. Ni estado de gracia, ni coraje ni inocencia.  Solo estado de sitio, cobardía y representando el papel de ese funambulista sin red que ve que cada vez está más cerca el suelo.  

-¿Dónde están mis palabras? ¿Qué he hecho yo para merecer esta tierra yerma de lucidez y ávida de oscuridad? ”- Grito desgarrado sin acabar de creérmelo.

Escribe. Vamos escribe. Tú puedes. Lo has hecho antes. Ha llegado la hora. Lo necesitas. Te lo mereces
Tengo ganas de escribir. Mi mente está clara. No hay nada que me moleste. Lo tengo todo. Pero la pantalla sigue en blanco. Me levanto, recorro el pasillo. Me vuelvo a sentar. Algo me impide escribir. Quiero contar todo lo que me pasa. Tengo ideas nuevas. Pero el enemigo invisible sigue ahí. Esto no puede ser tan complicado.
 Me doy ánimos. Golpeo mi frente con las manos. Mis nudillos chocan contra la mesa. Estoy a punto de empezar. Pero la página sigue en blanco.

Todo lo veo negro. Como la persona que escribió mi primer libro.

martes, 25 de febrero de 2014

Atrapado por la Blanca Navidad





24 de Diciembre. Víspera de Navidad. Las caras tristes se conviertes en falsas sonrisas. Las familias se juntan. Las dagas se guardan debajo de la mesa. Todo parece estar en falsa calma. Pero solo hace falta el aleteo de una mariposa para que la estabilidad familiar, que tiene su base  sobre cuatro frágiles palillos, vuele por los aires. Tu tío comienza a sacar las riñas de límites de tierras de hace veinte años. Tu prima te dice la frase de todas las celebraciones: ¡Que raro que no te cases ya, mira lo bien que estamos nosotros!, señalando la cara de su marido que no para de rellenar su copa con las pupilas dilatadas. Tu tía recuerda que ellos cuidaron al abuelo los últimos años y se merecían quedarse la casa del pueblo. El cuñado de turno comienza a ser el personaje idiota que tiene que opinar y saber de todo más que nadie en la mesa. Tu abuela  en una esquina se atragante, se pone azul y nadie le hace caso. Y en medio de toda aquella marabunta de gritos, improperios y reproches, tu pobre madre pregunta si esta bueno el cordero y nadie le responde. Rutina navideña.  Que bonito es ver a la familia por navidad y despellejarse comiendo unos langostinos baratos y un cava peleón.
Hace cinco años que me aleje de esa maldita rutina. Los momentos de felicidad se habían reducido a pequeñas excepciones, pequeños oasis en una tierra seca y yerma. Llegó un momento en el que el futuro y pasado dejaron de ser distinguibles: “mañana fue igual que ayer, ayer será igual que mañana” Ese era mi lema de vida.
Salve el match-ball vital y escape de aquel final de muerte. Pero ahora estoy en el siguiente nivel y a veces hace ilusión mirar atrás y ver como le va a ese monstruo llamada rutina.
Salgo de Madrid con tiempo. Son las 15:00 y confío en llegar a Vitoria en 4 horas, justo para tomar unos vinos con los viejos amigos y volver un poco tocado a casa para aguantar a la familia. Viajo solo, ya que he decidido que María no se merece pasar por este particular vía crucis familiar. Tengo preparado mi listado particular de música que me va a acompañar en este paseo hasta los orígenes.
Salida de Madrid con cielo despejado y rayos de sol que limitan mi visibilidad. Tarareo una canción de Loquillo sin pudor: “Yo para ser feliz quiero un camión”
Alcobendas. El cielo comienza a poblarse de nubes negras. El sol se ha escondido. Bajo las ventanillas y destrozo una canción de Coque malla: “Adios Papa, adiós papa, consíguenos un poco de dinero mas”
Somosierra. Unos nubarrones me hacen parecer que estoy llegando a Mordor. Pero a mí no me importa nada. Gabinete Caligari  a todo volumen y mi camino Soria se oye por donde paso.
Aranda de Duero. Una lluvia fina no puede conmigo ni con mi gramola musical de recuerdos. Calamaro y su salmón me provoca una luz húmeda sobre los ojos. Siempre seguí la misma dirección, la difícil la que usa el salmón.
Lerma. Ya solo queda hora y media para mi destino y nadie me puede parar.  La lluvia fina se ha convertido en tormenta y entre rayos y truenos la máquina de música continua. Pereza sonando. Pienso en aquella tarde cuando me arrepentí de todo.
Y entonces llego el choque con la pura realidad. El mp3 se apaga. Ya no hay música. El ritmo se ralentiza y la velocidad de crucero comienza a disminuir hasta que me veo inmerso en lo que parece un kilométrico atasco a la altura de burgos.
Noto como mis manos se ponen rosas por el frio y las gotas de lluvia comienzan a convertirse en generosos copos de nieve. Me apresuro a poner la calefacción y después de unos minutos sin avanzar un metro, comienzo a asustarme.
Pasan los minutos y esto no parece que avance. La gente sale de sus coches para poner la mano sobre su frente e intentar divisar donde está el fin de la cola. De repente el atasco parece disolverse y la maquinaria comienza a rodar. Todo el mundo vuelve a sus coches. 20 por hora en el velocímetro. A este paso llegare para los postres. Como me arrepiento que no hubiera venido María. Después de una hora al tran tran, llegamos al cuello de botella. Ya sé porque mi madre me decía “no mires”, cuando veíamos un accidente. Visualizo como unos bomberos están abriendo con una rotaflex el techo de un coche. Más adelante, sin cambiar la mirada, veo otro coche y dos mantas térmicas amarillas sobre el suelo que cubren dos cuerpos. Un nudo en la garganta me ahoga y estoy a punto de darme con el coche que va delante. Volvemos a la velocidad crucero, pero mi mente no puede parar de pensar en lo que acababa de ver. Veo mi rostro blanco por el retrovisor que no se recupera. La nieve se vuelve más copiosa y los limpiaparabrisas trabajan a toda velocidad. Aminoro la velocidad y decido viajar sin prisa. Lo importante es llegar.
Cuando llego a Briviesca mi visibilidad es nula. Parece que soy de los pocos que ha decido circular con su coche esta noche. Solo veo dos rodaduras sobre el asfalto que se van estrechando, hasta que solo veo blanco. Voy abriendo camino como un quitanieves. Aminoro aun más la velocidad. Las manos me sudan y me siento solo ante el peligro. Fuera hace mucho frio, pero la ansiedad me provoca mucho calor. Aprieto fuerte el volante con mis manos y comienzo a rezar por ese dios en el que nunca he creído. Si salgo de esta, te juro que vuelvo a ir a misa los domingos. Me hace un extraño el coche, patino y justo en un último instante consigo salvar el quitamiedos y vuelvo a enderezarlo sobre la mitad de los dos carriles. Circulo sobre una pista de hielo y no hay ningún quitanieves a la vista. Dudo si parar o seguir hacia delante, pero hago como en la vida siempre escapada hacia delante. Veo un cartel que pone Vitoria 95 kilómetros y suelto una carcajada nerviosa.

- “95 kilómetros no son nada”

 Mientras rio, una nueva placa se interpone en mi camino y las ruedas de verano de mi utilitario no responden y cojo recto la pequeña curva que pretendía traspasar. Mi coche cae por un pequeño terraplén. Cierro los ojos. Aprieto las piernas contra el suelo y recibe un golpe seco. El cinturón me sujeta y me golpea como un escorpión produciéndome un fuerte dolor en las costillas. Me quedo sin aire y pierdo el conocimiento durante unos segundos. Al rato  despierto aturdido con el sonido del claxon sobre el que tengo la cabeza. Estoy bien. Estoy vivo. Suspiro. Resoplo. Grito. Voy moviendo temeroso los dedos de los  pies, los tobillos, piernas, manos, muñecas  y brazos. Me duele todo, pero no tengo nada grave. Creo que me he roto algo en la pierna izquierda, pero el miedo no me hace sentir el dolor. Parece que lo podre contar. Intento abrir la puerta, pero está bloqueada. Pasan los minutos y no puedo hacer nada. Golpea las puertas con fuerza y solo consigo unas ronchas rojas en las manos por el dolor.  Gimoteo. Los ojos húmedos. Gritos. Pataleos. Me cago en todos sus muertos. Vuelvo a patalear. Vuelvo a gritar. Noto un dolor fuerte en la garganta. Golpeo con mi brazo el cristal, hasta que noto que mis manos se entumecen y se quedan moradas.  Intento pasar a los asientos traseros en busca de una salida, pero un  grito de dolor me lo impide, algo en mi pierna no va bien. Cada vez que intento moverme una punzada como un arpón me hace gritar de dolor. Enfurecido como un loco comienzo a golpear el techo del coche sin control. Solo consigo dolor. Dolor placentero. Dolor impasible. Dolor sin solución. Muerto de cansancio, caigo derrotado y me desmayo.
Noto un zumbido en la pierna. Zuuuuu.Zuuuuu. Zuuuu. Es mi móvil. Abro los ojos. Sigo vivo, pero mis dientes castañean, tengo las manos entumecidas, me miro en el espejo y tengo los labios morados. Intento sacar el teléfono del bolsillo del pantalón, pero mis dedos son como lanzas que no se doblan. Torpe  golpeo con mis nudillos las teclas  a través del pantalón y 
consigo descolgar, es mi madre:


- Tomas, ¿Dónde estás? ¡Que vamos a cenar ya!
- ...
- ¿Tomas?
-...
- Tomas, ¿estas ahí?.
- ...