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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Rosa con Espinas


Rabia. Impotencia. Desesperación. Indignación. Sentimientos olvidados. El ascensor sube muy, muy despacio del primer al segundo piso. Miro al techo. Abro la puerta, pego un portazo y un grito de impotencia sale por mi garganta. Le doy una patada a la pared y tengo tan mala suerte que un tacón salta por los aires. Otro grito seco y la garganta me comienza a doler. Me siento en el último peldaño de la escalera, junto a la puerta de mi casa y respiro profundamente. Cuento ciento uno, ciento dos, ciento tres, ciento cuatro...pero la sangre me hierve y un nuevo un gruñido sale de mi boca. Me comienza a doler la cabeza y por pura impotencia una lágrima recorre mi mejilla. Lloro amargamente hasta notar que un sabor salado llega a mi boca. Parezco una quinceañera a la que le han quitado su piruleta. Hacia tiempo que no me sentía tan vulnerable y todo por una insignificante discusión de escalera. Yo no soy así, yo siempre fui una chica dura. En otros tiempos habría dado un bofetón a ese niñato y no le habría dejado ni pestañear. Las lágrimas se hacen más abundantes. Rebusco en mi bolso en busca de un pañuelo y lo único que encuentro es la carta que el abogado me acaba de dar. No tengo nada. Tengo los bolsillos vacíos. Una vida vacía. Un mundo inexistente. Meto la cabeza entre las piernas y de nuevo el gruñido de impotencia.

- ¡Puto crío de mierdaaaaaaaaaaa! – grito desesperada durante unos segundos

Mis gritos parecen atravesar las finas paredes del edificio y la cabeza de mi madre aparece tras la puerta de nuestra casa

- ¿Que te pasa Sara?- me dice con cara de preocupación.

- ¡Déjame en paz, quiero estar sola!

- Pero Sara...

- ¡He dicho que me dejes en paz!, ostia, ¿estas sorda o que? - digo golpeando la barandilla de la escalera bruscamente.

- ¿Pero que ha pasado?

- Un puto crío que me ha sacado de los nervios...

- ¿Quien? ¿El chavalito del primero? Pero si es un pedazo de p...

- Cállate – le ordeno a mi madre sin dejarle terminar la frase.

- Pero que ha pasado – vuelve a repetir mi madre

- Nada que le he visto subiendo unos altavoces a casa y le he dicho educadamente que no quería ruidos en este edificio. Y va el niñato y me dice que estoy amargada, que soy una estirada y me cierra la puerta en mis narices

- No será para tanto..

- Mama, no me vengas con tu rollo compresivo, ¡que no te aguanto!

- Ese chico me ayuda cada día a subir la compra y hasta un día me estuvo ayudando a programar el video VHS viejo que tengo en la sala de estar...

- Mama, ¡cállate de una vez! -digo viendo una sonrisa burlona en la cara de mi madre

Le miro con ojos enfurecidos, toda la rabia contenida la voy a pagar con ella y levanto la mano. Estoy a punto de darle una torta a mi madre por pura impotencia. Pero veo una cara de pavor que no había visto nunca hasta ahora. Mi madre se tapa la cara con las manos esperando el golpe. Pero el golpe no llega. La rabia se convierte en vergüenza, la furia se viene abajo y caigo de rodillas al suelo. Apoyo la cabeza en las viejas baldosas del pasillo y noto como mi madre me abraza. Ella siempre igual. Ella siempre esta ahí. Ella es la mujer admirable que siempre ayuda. Y eso me indignaba, me repatea. La rabia vuelve, intento incorporarme y empujo a mi madre. Un poco inconciente, pero con saña y de forma deliberada le golpeo con mis manos y ella retrocede unos pasos. No consigo derribarla y como un guerrero numantino se mantiene de pie.

- Sara, ¿no te reconozco? - dice mi madre acercándose

- ¿No reconoces el que?

- No reconozco a mi hija

- ¡Tu hija está acabada! - grito lo mas fuerte que puedo.

- No estas acabada- me responde rápidamente mi madre.

- Estoy tan acabada como tu, ¿no te has mirado en el espejo últimamente o que?

- Yo no estoy acabada y tu menos.

- ¿Pero te has visto la cara?

- ¿Que le pasa a mi cara?

- Es vieja.

- Perdona es la misma cara que tendrás que tendrás tu a los setenta años.

- Mama, no te das cuenta que tu tiempo ha pasado. Pues el mió también, pero con 30 años menos. No tengo casa, no tengo trabajo. No tengo nada. Mi único sustento es una V-I-E-J-A-A-A – Digo deletreando cada letra e intentando ser lo mas desagradable posible.

Mi madre se acerca de nuevo y pienso que me va a dar otro abrazo. Me desespero. Esto no es una madre, es una santa. Cierro los ojos para no verla, me tapo la cara con la mano y cuando me dispongo de nuevo a levantar la mirada recibo la torta que nunca me dieron. Una mano áspera y seca choca contra mi mejilla. Noto como mi cara se calienta. Me tambaleo. Esto no era lo esperado. Todo el mundo tiene un límite y yo a mis 40 años he encontrado el de mi madre.

- ¡Eres una niñata!- me dice con los ojos rojos- en tu vida has valorado nada, en tu vida has dicho un gracias, en tu vida has sido lo suficiente mujer para venir un día y pedir perdón por como me has tratado.

- Yo siempre he estado ahí.- Veo como una lagrima cae por su mejilla

- Te he perdonado todos tus delirios de grandeza. Tus olvidos. Que te fueras y nos olvidaras para siempre. Pero no voy a permitir que vengas a mi casa y me pises lo poco que tengo. Mi vida no es maravillosa, pero es mi vida y no me avergüenzo.

Mi madre me aparta de un empujón y me cierra la puerta de casa de un portazo. Me quedo sola en la entrada. Es la segunda vez que me cierran una puerta en mis narices en menos de un cuarto de hora. Pero esta vez la sensación es otra. Me siento horrible. Me siento como lo que soy. Una zorra consentida.

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